Una hija en Tokio: perderse en una ciudad para encontrarse a uno mismo | Reseña

El pasado 20 de marzo se estrenó en cines Una hija en Tokio (Une part manquante), el nuevo film de Romain Denis, tras su paso por festivales como Toronto y Sevilla.

Desde sus primeras imágenes, la película nos sitúa en Tokio, una ciudad desbordante, con más de 37 millones de habitantes, donde un ciudadano francés conduce un taxi día y noche. Y la pregunta surge de inmediato: ¿qué hace ese hombre ahí, solo, perdido en una de las urbes más grandes del mundo?

Poco a poco, el film va desvelando la hondura de su drama. Jérôme ha renunciado a todo, incluso a vivir, por encontrar a su hija. Nueve años después de separarse y perder el contacto con ella, está a punto de rendirse y regresar a Francia.

Pero entonces, en un giro tan inesperado como improbable, el azar irrumpe: en medio del anonimato de Tokio, en el interior de su taxi, se encuentra por casualidad con su hija.

La historia, inspirada en testimonios reales, se apoya en un contexto legal clave: en Japón, hasta hace poco, la ley no reconocía la custodia compartida, lo que provocaba que muchos padres perdieran el contacto con sus hijos tras una separación. El film pone así sobre la mesa las diferencias entre las leyes japonesas y las europeas, sin subrayados, pero con una carga emocional evidente.

Una hija en Tokio es, ante todo, un drama sobre la soledad, sobre la espera y la obstinación de un hombre que lleva casi una década buscando un vínculo perdido. También es una historia sobre la paternidad rota y sobre lo que significa ser extranjero en un país donde nunca terminas de pertenecer.

Narrada con sencillez y sensibilidad, la película va desvelando su misterio de forma pausada, sin artificios, apoyándose en las emociones y en los silencios. Tiene especial interés la forma en que retrata al occidental dentro de la sociedad nipona, siempre en los márgenes, siempre observando desde fuera.

Romain Duris construye un personaje lleno de matices, contenido y profundamente humano. A su lado, Mei Cirne Masuki aporta una interpretación sutil y conmovedora como la hija reencontrada.

Una historia pequeña, pero honesta, que encuentra en lo íntimo su mayor fuerza. Un recordatorio de que, incluso en la ciudad más grande del mundo, hay encuentros que pueden cambiarlo todo.

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