By Carmen Valencia y Juan Girón

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¿Comía cereales porque tenía hambre o tenía hambre por comer cereales? Es algo que me repito cada vez que uno de mis compañeros de piso se prepara bols de cereales a las horas más inhóspitas.

Entre canciones y cucharadas evitando el derrame inevitable, me dijo: “eh, esto te va a gustar”:

 

 

Santero y los Muchachos irrumpió en mi vida como una vez, en una entrevista, la banda definió su álbum primigenio: “un buen ambientador de coche, agradable y casi necesario“. Desde ese momento, me dejé perfumar por Ventura, tímidamente en un primer momento, hasta chocarme con Rioflorido, un segundo álbum pegadizo que incrustó en mi mente sin remedio “Estamos bien”. Una himno buenrollista cuyas líneas han bordado este verano:

No sé muy bien cómo lo haré, pero sí porque lo hice
Por sumarte a mi jaleo, por las respuestas que ahora leo a mitad de la escalera
Que de dios nada me dicen, ni lo vi, pero el azul del cielo sí
Verdades verdaderas, como tú, hija de la aventura,
del amor con temperatura
de mucho vino blanco en mi nevera.

Santero y sus chavales tienen de ambientador al coche lo que los cereales a la recena: apetecen a horas intempestivas, pero también un buen miércoles de merienda. Están ahí, listos para alegrarte el día, pero también se dejan engullir los días de penas. Simplemente, ellos son y nos dejan ser. Y para eso precisamente estábamos de plan de viernes en la consagrada Galileo.

Miguel Ángel Escrivá, vestido de blanco como buen santero, sube al escenario seguido de los mozos Soni Artal, Pau García, Josemán Escrivá, bastante puntuales. En su sonrisa canallita, también se vislumbra emoción por haber llenado una mítica sala que, claramente, se les ha quedado pequeña. “Abrácese quien pueda” a lo que venga.

El concierto está lleno de sorpresas, de amigos que acompañan en el escenario como el mítico compositor Pancho Varona, El Zurdo, la propia hija del vocalista, que da nombre al tema “Octubre“, y homenajes a sus influencias de rock reposado, recuerdos de México y amigos como Dani Boy. Pero, sin duda, lo que eclipsa el escenario en llamas es un público entregado en la pista, los verdaderos muchachos de los santeros. Nos dicen ‘quédate a no dormir’ y aceptamos encantados el viaje nocturno por los dos universos santerianos: pasando de Ventura a Rioflorido en un vaivén de temas, saltos de pop a su rock reposado, estribillos corales y cervezas en alto. Dos horas de concierto que tienen sus canciones coronadas por la voz de los asistentes, que no se cansan.

 

 

Pero como todo bol de cereales, la diversión se acaba mientras uno relame las últimas cucharadas. Los Muchachos se despiden y nos desean para febrero, su posible nueva fecha. Y, yo, me voy a casa a por un último banquete, pero sin patillas, batería y sala llena, hasta que el devoto vuelva a colgarse sus ropas blancas.