Ir a un concierto de uno de los grandes, con todas sus letras, tiene una cosa (de muchas) buena y otra no tan buena. No digo mala porque de ser así, de tratarse realmente de dos caras de la misma moneda, uno no podría referirse a un grupo de música como uno de los grandes. La buena es que, en el directo, uno es asistente de principio a fin de una calidad indiscutible, y sale convencido que la banda se merece el precio que paga de entrada y lo que haga falta. La menos buena va, precisamente, en esa línea. Y es que por esa misma razón, cuando ya los ves por segunda vez o más quedan lejos de sorprender tus expectativas con algo fuera de lugar o imprevisible, algo sencillamente diferente. Y eso no sucede nunca, aunque tus expectativas ya sean de por sí bastante altas. Así pues, podemos decir que una buena banda no tiene conciertos malos, en todo caso públicos desagradecidos o no educados; una buena banda lo tiene todo tan cogido por la mano que no pueden ni darte ni el beneficio de la duda. Siempre es igual, y como todo es igual de bien siempre, quedas lejos de poder comparar un directo del otro suyo que viste hace meses y decir, “joder, ahí el guitarra estaba más fino” o “ahora no se equivoca tanto”. Nada de eso. Te preguntan luego y solamente puedes decir lo mínimo: “Genial, como todos”. Y eso que tú quieres poder decir mucho, mucho más que otros de los que no puedes decir lo mismo. Quizá la perfección no existe, pero sí sus espejismos. Y esto es lo que sucede con Guadalupe Plata y lo que sucedió, otra vez, este pasado sábado en la sala OchoyMedio de la capital madrileña.

 

Con motivo de presentar su último disco, recién salido del horno el pasado 21 de abril (Guadalupe Plata 2017), el grupo de Úbeda aterrizó en Madrid, que desde el pasado mes de Noviembre no ofrecía un bolo. Solamente abrirse el telón – porque sí, había telón, y es que no merecen menos -, el grupo interpretó lo que es su nuevo sencillo, la versión de Violeta Parra: “Qué He Sacado Con Quererte”. Un single que lleva su propia estampa desde el primer segundo y que solamente puede alegrarnos de que ésta nunca se pierda. A los diez minutos, la sala ya estaba completamente llena, cosa que no fue así con los teloneros Cabezafuego, un grupo navarro muy rara avis y de letras sencillamente disparatadas pero que consiguieron interactuar con el público, aunque sea a través de un intercambio de insultos en modo chistoso. O eso parecía. Obviamente, esto último no sucedió con Guadalupe Plata, que si por algo se caracterizan sus conciertos es por el poco feedback que mantienen con el público. Poca comunicación verbal, mejor dicho, ya que éste, aunque guarde una actitud forzosamente contemplativa por no poder dejar de estar maravillados ante su capacidad como banda, hace perceptible como se les cae la baba mientras sus todas las miradas se concentren en un punto fijo y mueven acompasados la cabeza.

 

Y así fue el concierto del pasado sábado, y así lo son todos: un directo en que solamente se para entre tema y tema para que reposen unos brazos que tocan una media de diez minutos por seguido. El resto, silencio. Pedro, cantando las cuatro frases de sus temas, pero tan esperadas, como el “Baby me vuelves loco” o “Calle 24”, ya para rematar un final del modo más catártico posible, con la cabeza agachada durante hora y media, pero despidiéndose con un alzamiento de brazo a una sala hipnotizada por un psychobilly con aires de blues que los corona como grupo de la escena independiente. Y de eso se trata, en definitiva, Guadalupe Plata. De verdaderos músicos al margen de cualquier tendencia, con tal capacidad que hacen de una propuesta tan minimalista compuesta por tres músicos que cientos de personas se queden con la boca abierta por ir tan lejos. Otra vez. Over and over. Como sucede con las cosas puramente auténticas. Pero, éstas, además, tan buenas.

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By Andrea Genovart