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Y así se deja caer lo último de los californianos que, cuantas más pupilas sienten clavadas en ellos, más persiguen el cambio de la mano de Julian Casablancas (The Strokes) con su quinto álbum: City Club.

Para los faltos de minutos de ocio, tan sólo con los primeros compases de la obertura homónima al álbum nos damos cuenta del radical giro, y es que City Club presagia lo que va a ser una sucesión de ritmos sin complejos, contundentes y de efecto inmediato. En otoño las ya viejas flores sumergidas en la entropía de sus pétalos muertos abren paso a frutos bien pulidos y listos para morder.

Probablemente el sonido de muchos temas, a menudo influenciados con ahínco por Casablancas, suponga mayor alegría a emisoras de radio y bandas sonoras que a quienes cierran los ojos para diluirse en los compases perdidos y titubeantes a los que nos habían acostumbrado en tantas ocasiones.

Aún desorientados tras el imprevisto golpe, nos sorprendemos viendo nuestra cabeza mecida por Brooks Nielsen y compañía, y meditamos si quizá esta insuflación de energía no es tan maliciosa como aparentaba al escuchar los simples “Shake me up, shake me down” de “I’ll Be Around“.

Te gusta. Los Growlers se gustan.

Y tanto se gustan que hasta coquetean con la electrónica. Y es entonces cuando piensas que quizá vienen buenos tiempos con esta nueva (y muy distinta) etapa que se abre. La alegría se contagia, supongo.

Mientras ponemos a prueba las cervicales, a medida que la aguja recorre los surcos se escurren pequeñas perlas, esperanzas antes inadvertidas que guardamos para otro momento. Encontramos también propuestas menos inmediatas que sin embargo enamorarán en tiempos distendidos. “Night Ride” y “When You Were Made” son el claro ejemplo de la canción que nunca saltarás y que permanecerá sonando sin hacer mayor alarde en esos días en que el tiempo para pensar sustituye a lo frenético y rutinario.

Y es que sobre el ruido no puede llamar la atención otra cosa que no sea el silencio.

Estemos de acuerdo o no con la nueva propuesta, con temas como “The Daisy Chain” nos dejan bien claro que por ahora prefieren la gomina al celo para las gafas. Se respira seguridad.

Efectivamente, los Growlers se han movido a un club de la ciudad y ya no son esa gente turbia que observaba desde la penumbra de los abrigos apilados.

By Felipe Langa