By Dimas Pardo

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Cuando finalmente muere uno de esos desconocidos a los que tenemos tanto aprecio por ser músico, actor, escritor, o artista en general (en la más sincera comunión con nuestra alma), pues un teléfono suena. Es aquel redactor de la revista, periódico o blog que siente que ha tenido tanto que ver con el muerto como lo han tenido que ver sus familiares y amigos durante su vida. Entonces el editor asiente a la súplica del fan destruido y dice “Sí, adelante, encárgate de escribir algo sentido sobre él. Lo publicaremos cuanto antes. Nada de faltas de ortografía como la última vez”. That’s me. El redactor, no el adinerado editor de revista digital.

En fin, antes de inhumar el cadáver, debéis saber que todo roquero muy orgulloso de ser roquero ha denostado a Jarabe de Palo desde aquella palabrota que soltó Pau Donés en su cuarto disco con la banda: “Bonito”. Era cursi, simplona, repetitiva y nauseabunda para un tempestuoso hijo de la noche. Yo también lo dije, y lo seguiré diciendo frente a todos aquellos que no hayan leído este artículo. Sin embargo, confieso, que aquel suicido roquero me acabó encantando como disco; era dulce y fácil, y mierda, ¡alegre! Y no de una alegría galopante y almibarada, no, de una alegría de niño, de madre, de viejo con presbicia y Alzheimer. Ese “bonitismo” que siguió caracterizando a la banda hasta la última canción de Pau, todavía seguía mezclado con aquella nostalgia latina y dolor blusero que tan fácilmente recogíamos de los primeros discos de Jarabe, aunque, claro, quedara perfectamente solapado por los rayos de sol, las maracas y las sonrisas que ahora defendían.

Joder, qué primeros tres discos (La Flaca, 1996, Depende, 1998, De vuelta y vuelta, 2001). Son todos buenos. Y la historia de cómo conocí a la música, fantástica historia que todos deberíamos contar en los botellones y en las barras libres de las bodas, depende mucho de ellos. ¿Ves? He escrito “Depende” y me viene la cancioncilla. “¿De qué depende? De según como se mire…” Frases que parecen ramplonas pero que esconden oro, platino, paládio, según avanzas y vuelves sobre ellas para investigarlas más allá de su larga y cacofónica vida en Los 40.

El “Depende” llegó a mí como deberían llegar todos los tesoros. Grabado en una cinta pirata. Una vieja cinta que heredé de mi hermana y que había sido el regalo y la confesión de amor de aquel novio que tuvo en la adolescencia. Y verdaderamente era un mix ideal para regalar a la chica que te gustaba. Estaba llena de pegatinas que venían con el casete y canciones especiales para decir “Te amo” de forma poco subliminal. Pues yo, que también había heredado el viejo walkman (qué bonito y fácil es heredar) me ponía esa cinta, noche y día, junto con las otras cintas que venían en el pack de hermana mayor. Atentos a mi pasado punky. Esas cintas eran: Dile al sol (1998) de La Oreja de Van Gogh, MTV Unplugged (2000) de Shakira, The Greatest Hits (2000) de Texas, y, por supuesto, el Depende. No hace falta decir que luego llegaron mi hermano y mis primos con nuevo material que me salvaría de aquella acaramelada orgía pop. Bob Dylan, Nirvana, Héroes del Silencio, Extremoduro, Queen, Dover, Rosendo… y así hasta la actualidad, radical y anhelada, en la que por fin soy yo el que recomienda discos y se siente como un viejo maestro explicando el espíritu de las bandas y su impresión sobre la tierra y sobre nuestros corazones.

El caso es que aquel primer pack de cintas tan popis fue lo único que tuve para escuchar durante años. No había posibilidad de comprar ni que me compraran, y todavía era demasiado niño para tener ese amigo, inmerso en la ilegalidad y oscurantismo, que las pirateara. Esas cintas eran todo mi conocimiento. No solo de la música, también de los sentimientos. Porque uno, prácticamente, entiende los sentimientos como se los cuentan. Una peli, sus padres, la novela más arraigada de la historia, pero como se los cuentan. Y a mí, para bien o para mal, me lo contaban unas agrupaciones que, todavía a día de hoy, pese a que no me las ponga, podría seguir cantando sus letras por cualquiera de las frases por donde me paséis el micro en el karaoke.

Seguramente, de todas, la cinta que más años aguantó fue Depende. La llevé hasta la universidad en mi Nissan Micra. Tenía un moderno reproductor de casetes. Cada vez pasaban más años entre que la ponía y no, pero siempre la acababa poniendo. Joder, y recordando con ella a todas esas chicas que me rompieron en dos la adolescencia y que sufría ciñéndome los cascos en la oscuridad. “Duerme conmigo“, “Toca mi canción“, “Vivo en un saco“, “Agua” (canción que adelantó a muchos el conocimiento de la friendzone), y por supuesto “Adiós“, mi favorita de todos los tiempos y con la que más lloré a Sandra, a Irene, y a tantas…

Deja que te espere
a la puerta de tu casa
un minuto me hace falta
luego me voy para siempre.
Solo quiero decirte adiós….
Adiós, adiós”.

¡Buuuum! ¡Ahí lo tienes! ¡Una canción perfecta para llorar amores perdidos!

Nunca vi a Jarabe de Palo en directo. Cuando me molaban era demasiado pequeño para siquiera proponerlo en mi casa católica y apostólica. Luego, como punky, los repudié. Sin embargo, muchos años después, en la puerta de un garito de Bilbao, con un kalimotxo y estrechándole fuerte la mano, pude decirle todo esto que os estoy contando al mismísimo Pau Donés. Algo que muchos pagarían por hacer con aquel artista que les supuso el principio de tanta magia debida a la música.

Bien, gracias por todo Pau, un minuto me ha hecho falta, luego creo que te has ido para siempre. Solo quería decirte, eso, adiós.