cutrecon 2026

Jaat, Ragatanga y yo: cómo sobrevivir a dos horas y media de acción en la Cutrecon 2026

Como cada edición de la CutreCon, mi aventura comienza en el bar más cercano a la sala de cine donde van a proyectar la película. No estoy solo: muchos de los asistentes al famoso festival pululan por allí con su cerveza, su calva, y su barriga. No estoy solo: me acompaña la excelentísima fotógrafa de la revista. 

Discutimos, con unas garimbas en la mano, y la fotógrafa y yo apuramos nuestras cervezas; se hace tarde y todavía tenemos que hacer cola en el stand de las palomitas para pillar unas cuantas latas más y amenizar el pase.

CutreCon, Festival Internacional de Cine Trash, ha estado en casa, Madrid, del 4 al 8 de febrero. Su p**a decimoquinta edición: quién se lo iba a decir a sus acérrimos seguidores.

Esta vez, con una programación de más de veinte títulos repartidos a lo largo de cinco jornadas, en sesiones tanto gratuitas como de pago, de mañana, tarde y noche. El eje temático elegido para este año es —redoble intenso de tambor— el peor cine de acción. En palabras de la organización: «Todo en estas películas es susceptible de saltar por los aires en cualquier momento y sin motivo justificable». Me gusta.

El festival ha contado con las que ya son sus tres sedes habituales en las últimas ediciones. Paraísos de lo marginal, lo Z y lo chungo: el mk2 Cine Paz, el mk2 Palacio de Hielo y la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). La fotógrafa está contenta: estudió allí.

«Estamos ante la que es posiblemente la mejor y más equilibrada programación de la historia de CutreCon», asegura Carlos Palencia, director del festival. «El nivel es tan alto —o tan bajo, según se mire— que cada jornada es una fiesta en sí misma. Hemos hecho una selección tan cuidada de los títulos que componen esta decimoquinta edición que el público no podrá bajar la guardia en ningún momento ante lo que va a suceder en pantalla».

La gente de Wake fuimos a comprobarlo.

Una vez con las latas en la mano y un paquete de cigarros —cortesía de la fotógrafa por mi cumpleaños—, nos dirigimos a buscar sitio. Fue muy difícil: lleno absoluto de perturbados y perturbadas pidiendo su ración de friquismo cinematográfico.

No sé tú cómo eres, pero, desde luego, querido lector, aquel era mi sitio. Nos cedieron un par de asientos en la esquina de la última fila. Odiaría sentarme ahí con cualquier otra película; joder, me gusta el cine, quiero quejarme de que hacen ruido masticando palomitas desde el mismo p**o centro de la sala.

Pero esto no es una peli normal. Aquí nadie se queja del vecino por sus cuchicheos: aquí se le anima a vociferar contra la pantalla. El espectador es un hooligan. El espectador es un actor más en la película. El espectador dirige la película. Por primera vez, sale en los créditos.

¿Dónde cojones me has traído?— Susurra la fotógrafa con una sonrisa en la boca.

—Al p**o paraíso—Dije abriéndo la primera lata y ajustándome unas gafas de sol imaginarias.

Parece que va a comenzar la peli. Los presentadores nos advierten: «Quedaos con este nombre: Ranatunga». Todos se ríen. A mí me recuerda a «Ragatanga», ya sabes, «Y donde más no cabe un alma, allí se mete a darse caña, poseído por el ritmo ragatanga», así que no consigo gritarlo bien en toda la peli.

Porque, joder, sí: esto va de gritar. Mucho. Todo tipo de ocurrencias espontáneas, tamaño tuit, lanzadas a la pantalla. Y quedar como el p**o y más ingenioso amo de la sala.

Hay películas que no empiezan: irrumpen. Es el caso de Jaat, 2025 (India). Llega como un tren nocturno que no figura en los horarios, cargado de épica india indescifrable. El AVE viene, creo, desde un territorio herido por guerras recientes y viejos hábitos intactos, donde la violencia no es un accidente narrativo sino una forma de administración. Burcracia de sopapos, prehmo.

El mecanismo es conocido y, aun así, insiste. Dos hombres descubren un botín y, con él, una vocación: ser el p**o Hitler indio. Al menos una versión chocolate que huele a colonia de gitano. El poder adopta pronto una dimensión escénica en la película, casi de número ensayado, y la población aprende la coreografía básica de la supervivencia: bajar la cabeza, parecer un indio sumiso y rezar para no ser el siguiente. 

En ese decorado aparece el forastero, el hombre con bigote y rictus de Stallone que desciende del tren como quien ha facturado siete cajas de mondadientes. No habla. No duda. No dialoga. No siente. No es tanto un personaje como un dispositivo narrativo con músculos, diseñado para restablecer el equilibrio a base de puñetazos mastodónticos y silencios cargados de testosterona moral.

La sala venera esta figura con una devoción casi litúrgica. Es El Elegido. El Enviado por Visnú. El Anti Ranatunga/Ragatanga. El héroe que no se plantea la violencia: la gestiona, como un funcionario eficiente del castigo. Repito: Burcracia de sopapos. El guion, encantado consigo mismo, insinúa que frente a semejante zoológico de villanos cualquier exceso es, en realidad, un acto de higiene social. El inframundo está siendo repasado a conciencia con aspiradora por la chacha más brutal. Por alguna razón, las tetas y la cabezas cortadas, por si acaso, se pixelan.

Las secuencias de acción se estiran y encogen con la perseverancia de alguien descubriendo por primera vez el botón de cámara lenta. Al principio impresiona; después fatiga; finalmente, delata una fe ciega en que más es siempre mejor. Los números musicales irrumpen como pausas publicitarias del alma, como anuncios de perfume del alma: multitudes bailando para recordarnos que, entre masacre y masacre, aún queda espacio para celebrar que no se me ha desatado el turbante.

El reparto tampoco juega en igualdad de condiciones. El protagonista atraviesa la película como un tótem musculoso e inexpresivo, una silueta inyectada hasta el corazón con bótox y diseñada para no interferir en su propia mitología. En contraste, los personajes femeninos —una representante del orden y una villana con un evidente problema con sus dilatadores de oreja, se puede saltar con sus lóbulos a la comba — aportan algo tan revolucionario como volumen emocional y contradicción, es decir, curvas con personalidad y capas.

Dos horas y media de violencia coreografiada que no piden reflexión, pero la provocan por extasis. Entre la épica justiciera y el folletín social desbocado, la película encuentra su lugar en ese terreno cómodo donde el entretenimiento se confunde con la sobredosis de Redbull. 

La fotógrafa y yo salimos extenuados. Nos damos a la cháchara con el majo público de la Cutrecon.

—¿Qué? ¿Una birra más?

—Qué va. Alguien tiene que escribir esta p**a crónica.

Salgo antes de que cierre el metro para casa. Me estoy haciendo demasiado viejo para estas cosas. ¿Quién no ha dicho una frase así en el cine de acción?

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