A partir de hoy, en plena cuarentena, comenzamos una serie de artículos colaborativos en los que los lectores de Wake And Listen compartirán sus vivencias más memorables en conciertos y festivales. La música en directo siempre produce historias para recordar, algunas de ellas no podrán borrarse de la memoria de aquellos que las han vivido, por lo que recopilarlas todas en un artículo puede ser un bien muy interesante para todos los amantes de la música.

Los mejores conciertos en España

Los mejores festivales en España

En cada artículo compartiremos un máximo de 5 historias memorables. A medida que vayamos recibiendo más, crearemos nuevos artículos. Si quieres enviarnos la tuya, escríbenos a [email protected] con tu nombre y dónde quieres que te enlacemos, o contáctanos por MD en nuestro Instagram.

 

Historias épicas en festivales y conciertos (I)

 

Sonorama 2018 – By Marcos Spain

En el camping de un festival hay muchos tipos de vecinos. Debe haber pocas cosas en el mundo tan voyeurs como lanzar miradas furtivas mientras clavas las piquetas para saber quién va a compartir contigo ese fin de semana en el infierno. Esto se entiende cristalino con la famosa analogía de la paella, que mastica la idea de que por muy buenos que estén los langostinos, si el arroz es malo, la paella no sirve.

En lo sucesivo se pasa a desarrollar la dramática historia de una paella con langostinos exquisitos (mi equipo – que por algo es mi equipo), pero con un arroz pasado (nuestros vecinos).

Los langostinos, en adelante “nosotros”, somos de costumbres nocturnas, así que aprovechamos para pasar la mayor parte del día enterrados, haciendo lo estrictamente necesario para sobrevivir. Se ve que el arroz, en adelante “nuestros vecinos”, era más diurno.

Quizá ese viernes habíamos bebido más de la cuenta (esto aplica a cualquier viernes). Y digo “habíamos” porque en esta parte de la historia ya nos tienes que imaginar de vuelta en el camping a las 8:00am, sentaditos. Sentaditos pero verbeneros. De repente, como en Lluvia de Estrellas, un denso humo se apoderó del escenario, y nuestra guitarra tomó papel protagonista de la mano de Karina y su irrepetible Baúl de los recuerdos.

Ocho langostinos apurando su nocturnidad cantando un éxito atemporal –que no se pasa- resultaron ser demasiados para una paella que, sin siquiera tener la deferencia de dejar terminar el primer estribillo, se quemó al unísono. Cabezas asomaban, tímidas al principio, pidiendo por favor el cese de nuestra actividad. Algún grito de: “¿Sois gilipollas?” nos golpeó de soslayo. Otras voces más cercanas y resignadas “La gente es idiota” se perdían en el aire. Pero tal era nuestro estado de ensoñación que no fuimos capaces de interpretar las señales.

Tarde era ya cuando, sin tiempo para preparar una pacífica estrategia defensiva, objetos contundentes y de escaso valor caían como lluvia en nuestro territorio. Objetos que no ocasionaron daño físico pero que, sin remedio, hicieron callar nuestra guitarra y trajeron el silencio a un lugar preparado y organizado específicamente para albergar ruido.

Si bien fue un momento de caos en el que no hubo tiempo para la contemplación, un improperio que me fue atribuido me atormentó especialmente durante aquel fin de semana: “Tú, el del moño, mañana te voy a cagar la tienda”.

Pocas amenazas peores se me ocurren en un festival.

Quizá no les gusta Karina.

 

 

Club del Río en Off La Latina – By Piluca Valverde

Madrid, julio de 2017. Era una tarde de calor asfixiante, acababa de ser el Mad Cool pero la música no cesaba en Madrid. Tocaban nuestros queridos Club del Río y prometían un formato más íntimo de lo habitual. El concierto era en Off La Latina, un maravilloso lugar que por aquel entonces, aún desconocíamos. Estábamos vibrantes, teníamos la piel bronceada y bebíamos botellines helados de Mahou. Teníamos la sensación de que fuese a suceder iba a ser bueno.

El concierto estaba a punto de comenzar, bajamos unas escaleras y entramos en la cueva. Nunca se me olvidará aquella sensación de misticismo al entrar en aquel lugar, tenía la sensación de que algo extrañamente mágico estaba a punto de suceder. El concierto fue algo así como una experiencia religiosa. No sé si fue la sensación de estar completamente aislados, los bancos de iglesia en lo que estábamos sentados o las melodías de Club pero parecía que habíamos descubierto que el cielo existía.

El concierto terminó, pero seguimos en aquel lugar. Sin darnos cuenta, la noche ya había caído, habían cerrado el bar con nosotras dentro y algunos miembros. Nos vimos envueltas en una suerte de reunión clandestina. Empezaron a tocar la guitarra y a cantar. De repente, invitaron a un tal Jorge a cantar una de las suyas. No habíamos reparado en todo ese tiempo que Jorge Drexler estaba entre todos nosotros. Cogió la guitarra y comenzó a cantar. Estábamos atónitas.

Guardo con cariño y cuidado la entrada de aquel concierto. Es uno de esos recuerdos que sabes que jamás olvidarás y a los que, en los momentos más difíciles, siempre podré volver. Porque jamás olvidaré aquella noche en la que bebimos, fumamos, bailamos, reímos y cantamos con Jorge Drexler.

 

Coca Cola Music Experience 2019 – By Sara Cartas

El festival se llevó a cabo en el mismo recinto que el Mad Cool de ese año (seguían los carteles y todo, desde julio hasta septiembre). Y nadie pensaba que lo fueran a hacer en vez de cancelarlo, porque había una previsión de tormenta eléctrica importante. Pues hicieron caso omiso, protegieron con un “techo” la parte principal del escenario, sin incluir la pasarela, para proteger todo lo técnico y para delante. El primer día estuvo lloviendo hasta que entró la noche, y todos los fotógrafos íbamos con 50 capas y protectores para la cámara hechos de bolsas de plástico que habíamos encontrado en backstage.

Así que el primer día bueno, pasable, pero el segundo… El césped falso no aguantaba más y el suelo tampoco así que en cuanto queríamos cruzar de un lado a otro de la pasarela, los charcos de agua con barro nos podían llegar casi a los tobillos. Llegó el momento en el que hasta los de seguridad nos ayudaban a cruzar y nos hacían la vida más fácil, porque si no… Por suerte, mereció la pena.

 

BBK 2019 – By Dimas Pardo

Os pongo en antecedentes: País Vasco, Bilbao BBK Live 2019. Me retuvieron contra mi voluntad durante más de una hora, justo en uno de mis conciertos favoritos (Weezer), me registraron y me acusaron de lo peor (robar material carísimo de la organización) sin haber hecho nada .

Una hora temblando y replanteándome mi vida bajo la intensidad de un staff con cara de malo y preparado para amedrentar y no dar explicaciones. Siquiera me dejaron ir a mear… Luego un “gracias por su colaboración”, “todo ha sido un error de la pulsera” y “toma dinero para que te pidas un trago y se te quite el susto”.

No tuvo gracia. (Elaborados insultos a la seguridad) ¡¿hacerme dudar a mí de mi hijoputismo?! (Burdos insultos a la seguridad) Quiero que el año que viene el festival se llame “Lo siento, Dimas 2020”.

 

FIB 2009 – By Ray Vegas

Allí estábamos tres amigos (Cárdenas, Merino, Jose) y yo, con la mayoría de edad recién superada, en nuestro primer gran festival. Tocaban Oasis en el FIB, concierto que a la postre significaría uno de sus últimos directos juntos. Sólo cogimos entrada de un día, nuestro único objetivo era verles a ellos, a los legendarios hermanos Gallagher. Antes tocaron The View o Paolo Nutini, pero cuando llegó el momento de Oasis la locura se apoderó del público del festival de Benicàssim.

Justo al empezar, la marea humana nos hizo separarnos, por lo que vimos el concierto cada uno por separado pero felices. Un buen número de personas que coreaban los himnos de los ingleses, más guiris que Paul Scholes, acabaron encamarándose en las torres de alta tensión que se levantaban delante del escenario principal, propiciando que el concierto tuviera que ser parado en un par de ocasiones bajo mensajes amenazadores de “bajad de ahí o tendremos que suspender el concierto“. Todo el mundo estaba completamente fuera de sí. En otra ocasión, no recuerdo si Liam o Noel, abandonaron el escenario en medio de una canción, dejando claro que la tensión interna en la banda era notoria. Cuando el concierto acabó teníamos la sensación de haber vivido algo histórico.

Con el subidón aún en el cuerpo nos dirigimos con nuestras mochilas a dormir a la playa, ya que no habíamos creído necesario coger alojamiento para una sola noche. Éramos jóvenes e inocentes. Tras caer rendidos a los 5 minutos, uno de mis amigos nos levantó al resto: “Nos han robado todo“. Qué putada, pensé, porque me había quedado en calzoncillos y sudadera para dormir y, tras revisar a mi alrededor, comprobé que también me habían robado las zapatillas. Conclusión: estaba descalzo y sin dignidad. Uno de mis amigos tuvo más suerte: sus calcetines habían desaparecido pero las zapatillas, incomprensiblemente, continuaban en el mismo lugar en el que las dejó.

Esta historia continúa, algún día la contaré con más detalle. Lo que puedo adelantar es que conseguimos volver a Madrid ese mismo día. Vestidos, en chanclas, con unas cuantas experiencias vitales ganadas, sin un buen puñado de discos robados pero con la premisa de que ese había sido el primero de muchos festivales.