Después de su paso por Madrid, Rosalía vuelve a casa, a Barcelona, y se le nota. Emoción contenida. Entre el público, caras familiares: su padre, sus primas, su abuela Rosalía. El Palau Sant Jordi está a reventar, los fans han hecho los deberes y llegan con outfits inspirados en LUX, y todo se tiñe de blanco.
Precedida por su orquesta, como si de un cuadro se tratase, Rosalía aparece en el escenario dentro de una caja de transporte, vestida de bailarina, inspirado en las obras de Degas. Y esta decisión marca el discurso de su puesta en escena. A partir de ese momento, el concierto se convierte en una sucesión de estampas que recrean pinturas y atuendos que beben directamente de la Historia del Arte, desde La Gioconda a El Aquelarre.
Sin titubeos, arranca el primer acto del concierto: suenan Sexo, Violencia y Llantas, Reliquia, Porcelana, Divinize y Mio Cristo Piange Diamanti. El blanco domina el escenario, y en apenas veinte minutos, Rosalía ya ha pasado de bailar en puntas como si de un espectáculo de ballet se tratase, a desarmar el Sant Jordi con su voz, cantando un aria hasta convertir un recinto de 18.000 personas en algo casi íntimo.

Los interludios del concierto funcionan como pequeños respiros bien metidos. Entre actos, el show se permite jugar: un sketch cómico de sus bailarines intentando cantar Mio Cristo, retar al público a imitar posturas sacadas de distintos cuadros y un par de piezas interpretadas por la orquesta. Experimentar Berghain en directo es otro nivel: arranca delicada, casi operística, y en cuestión de segundos te suelta en plena rave de tecno. Y es un cambio que te pasa por encima y que abre el segundo acto, donde es el negro el que toma el protagonismo en el escenario, y recupera Motomami convirtiendo el Palau en una fiesta al ritmo de Saoko, La Fama y La Combi Versace.
La fiesta continúa con un pasaje orquestal que se funde con los acordes de El Redentor, el único guiño a Los Ángeles en toda la noche, y que abre el tercer acto con un sonido poderoso. Vemos a Rosalía más suelta y cercana, y en medio de este clima, aparece Guitarricadelafuente que se cuela como invitado sorpresa en el confesionario. El modo teatral gana peso en este acto, y la puesta en escena de La Perla tira de un guiño claro al teatro negro: manos en guantes blancos envuelven a Rosalía y la hacen flotar en mitad de la oscuridad.
Con este ambiente más cercano, Rosalía, vestida como una reinterpretación de una menina, baja junto a la orquesta para interpretar Dios es un Stalker y La Rumba del Perdón, antes de desatar el Palau con CUUUUuuuuuute, invitando a saltar a todo el recinto mientras que un botafumeiro va llenando el espacio de humo, sumando aún más teatralidad a la escena.
Como si de un sueño barroco se tratase, con muchas alas de ángeles, el concierto entra en su acto final cual coro celestial. Suenan las primeras notas de Bizcochito y se desata la locura. Como ya declaraba en la propia canción “no basé mi carrera en tener hits, tengo hits porque yo senté las bases”. Y sí, la jugada le sale redonda otra vez. Rosalía cambia las reglas del juego a su antojo y, para cuando te quieres dar cuenta, ya nos ha ganado a todos.
Y así, entre cuadros que cobran vida, humo eucarístico y un pop ya convertido en liturgia, Rosalía firma un regreso a Barcelona entonando aquello de “todos habéis venido, hasta mis enemigos”. Y la verdad es que sí, todos estábamos allí. El Sant Jordi se apaga, pero la emoción permanece. Quina barbaritat, Rosalía!
Escucho música compulsivamente, voy a conciertos siempre que puedo y luego intento resumirla en recomendaciones para que descubras tu próximo grupo favorito. Casi siempre entre canciones íntimas, melodías que se pegan sin avisar y ritmos que invitan a cerrar los ojos.









