benjamin clementine 2016

Cae la tarde en Madrid, el calor va a menos y en un rincón de la capital está a punto de suceder algo mágico. El Jardín Botánico será testigo de ello. Emplazado en plena Universidad Complutense de Madrid, el recinto se convierte en un oasis en medio del incesante barullo de la ciudad.

Nada más entrar es inevitable dejarse llevar por esa sensación. En un lugar que tiene tan presente el verano, que recuerda tanto a la tranquilidad de un idílico pueblo, es inevitable escapar durante una milésima de segundo y pensar que la playa (el aire puro) está cerca, demasiado cerca. Porque las Noches del Botánico son algo así como un festival a pequeña escala, la vía de escape para los habitantes de la capital durante el mes de julio. Food trucks, césped, barras por todos lados… Y un escenario imponente que es la guinda del pastel.

Y ese lunes, una vez investigado el recinto, es hora de volver a la realidad: todo el mundo ha ido a verle a él. La majestuosa figura de Benjamin Clementine aparece en el escenario unos minutos después de las diez de la noche. Se muestra tímido, reacio a las cámaras (su petición es directa: solo fotos durante tres canciones y a una distancia razonablemente alejada). Además, cualquier asistente tiene prohibido tomar fotos aunque incluso desde sus dispositivo móvil.

No se le escapa nada, tener todo detalle atado es de vital importancia. Pero merece la pena, cualquier esfuerzo es aceptado con gusto si el regalo es escuchar su impresionante voz, quizás una de las mejores que haya escuchado la música en el último lustro. Una voz que ha vivido una historia de película, un ejemplo de superación. Nacido en Londres hace 27 años, Benjamin se vio abocado a dejar su ciudad natal para trasladarse a París en busca de un futuro mejor. Algo que no conseguiría en los primeros meses, tiempo en el que estuvo deambulando de albergue en albergue con el único objetivo de llevarse un plato de comida a la boca. Pero la música le salvó la vida, ella le hizo salir a la calle con la guitarra destartalada que tenía entonces y un pequeño piano que no prometía mucho, pero que a posteriori sería su salvación. Sus actuaciones en los bares y en la misma calle fueron lo que terminaron de convencer a un importante productor que andaba por allí y que no dudo en ficharle. El resto es historia. El año pasado, con su primer disco publicado, se llevó el Mercury Prize a Mejor Álbum Británico.

benjamin clementine madrid

Fotografía de Jordi Vidal en el Vida Festival 2015

Y allí está él, totalmente solo en el escenario del Jardín Botánico. Así comienza su concierto, al que más tarde se le unirán una violonchelista y un batería exquisitos. La variedad de registros tonales que maneja durante su actuación sería digna de estudio en las escuelas de música. Su solidez y potencia vocal a la hora de cantar contrasta con su frágil y casi inaudible voz a la hora de hablar. Esa voz, esa personalidad, son signos evidentes de que sobre el escenario hay un verdadero artista, un hombre que únicamente es capaz de mostrar la plenitud de sus sentimientos a través de sus melodías. Cuando suenan, es capaz de transformarse en un prodigio de la naturaleza.

Y así se comprueba en canciones como “Condolence“, “London“, “Adios“, “Nemesis” o “Cornerstone“, una obra maestra de nuestro tiempo. Clementine está dando un recital de auténtico maestro, solo al alcance de alguien con un talento infinito. Un poeta. El concierto llega a su fin con una de sus últimas frases: “Yo no tengo canciones alegres, solo hago canciones tristes“. Y son ellas las que consiguieron poner a cada uno de los asistentes en su piel durante más de una hora.

Así fue una de esas noches de verano que parecen imposibles de vivir en Madrid, pero que sí buscas y encuentras te harán volver a creer. Las Noches del Botánico continúan, ir al menos a una de sus fechas es algo muy necesario.

By Ray Vegas