Los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat (El ciudadano ilustre, Mi obra maestra, Nada, El Encargado) vuelven a unir fuerzas en Homo Argentum, que se ha convertido en la película más vista del año del cine nacional argentino, con más de dos millones de espectadores en su país de origen. Y lo hacen, una vez más, junto a su actor fetiche: Guillermo Francella, motor absoluto de la propuesta.
Acompañado por Eva de Dominici, Clara Kovacic, Miguel Granados, Gastón Soffritti y Dalma Maradona, el film se articula como una sucesión de historias independientes en las que Francella interpreta 16 personajes distintos, cada uno atrapado en una situación límite, cotidiana o directamente absurda.
A través de estos relatos, Cohn y Duprat plantean una reflexión mordaz sobre los distintos estratos de la sociedad argentina. Aparecen dilemas morales, tensiones de la vida urbana y escenas que rozan el absurdo, siempre con un trasfondo incómodo. Se abordan temas como la hipocresía de la clase media y alta, las fantasías eróticas masculinas, el abuso a turistas, la dependencia familiar prolongada, la cancelación social, la paranoia por la inseguridad, la violencia o el miedo constante al otro.
Los relatos son satíricos y funcionan como un catálogo irregular de pecados capitales a la argentina. Algunos episodios son excesivamente breves, otros más elaborados; unos apuestan claramente por el humor, otros por un tono más serio, y no todos logran el mismo impacto. Hay momentos brillantes y otros claramente superficiales, aunque varios de ellos trascienden lo local y se vuelven universales.
Francella se entrega por completo a cada uno de sus personajes. Su trabajo es genuino, comprometido y físicamente muy exigente, apoyado por un notable trabajo de maquillaje y caracterización. Es, sin duda, el gran sostén de la película. Sin él, este experimento no sería posible. Actor y comediante total, vuelve a demostrar por qué sigue siendo una figura central del cine argentino.
No estamos ante una gran obra ni una película redonda. El guion es irregular y en ocasiones mediocre, y el conjunto no siempre encuentra el equilibrio entre crítica y entretenimiento. Aun así, la propuesta divierte, provoca y mantiene el interés a lo largo de sus casi dos horas de metraje.
Con una inspiración cercana a la excelente Relatos salvajes, esta película ofrece una mirada ácida, desigual pero estimulante sobre una sociedad desbordada por sus contradicciones. No es una obra maestra, pero sí un retrato incómodo y reconocible que confirma el talento de Cohn y Duprat para incomodar desde el humor.
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