Diez menos cinco de la noche. Queda muy poco. Entran los últimos rezagados y todo el mundo en la pista quiero estar lo más cerca posible de la pasarela.
Diez de la noche. Tormenta eléctrica. El público de pista saca los paraguas y los que no tienen, se acercan a la grada buscando algo de cobijo. El jefe de producción del evento debía tener la cabeza a mil por hora. Saca lonas. Tapa tooooda la pasarela para que no se moje nada. Dale una manta térmica a la persona que está atrapada en una jaula. Sí, porque esa es otra. Una persona atrapada por la policía, reprimida por ser lo que es, a la que hemos podido ver fuera del estadio y después, ya apresado, dentro de la jaula vigilado por una cámara de la que todo el público es espectador. The show must go on (pero hasta cierto punto).
Cuarenta minutos después la tormenta pasa y no volvemos a saber de ella, menos mal. Durante las dos horas previas al show pudimos ir escuchando mensajes sobre esa sociedad en la que estábamos a punto de adentrarnos, como por ejemplo:
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Nos metimos en una sociedad sobrevigilada, al más puro estilo Orwell 1984, y es que nos encontrábamos en 2084. No veníamos a ver solo un concierto. Veníamos a verlo todo.
Aunque todo no lo pudimos sentir, pues hubo algunas canciones que se desarrollaron fuera del escenario y todo lo que nos quedaba era la pantalla principal. Que algunas acciones o diálogos entre personajes (porque estábamos viendo también una obra de teatro) tuvieran lugar fueran del enorme escenario puede pasar si la escenografía era demasiado difícil de trasladar en tiempo récord, pero canciones… quizá a veces era más teatro que concierto, aunque ese hecho fue uno de los pilares fundamentales de Mitoaroa III.
Había que ver mucho más allá. En el canto contra la deforestación, contra la IA, contra el utilitarismo, contra la pérdida de la imaginación, del juego.
Y apareció Loles León. Loles León, de Barcelona con padres andaluces, hablando en euskera. Demostró que todo se basa en la intención, en las ganas de perpetuar una lengua. Y apareció Grison. De Madrid. Llegó haciendo beatbox y siguió hablando en euskera. Todos pueden. Solo tienen que querer.
Llega uno de los momentos cumbre del espectáculo. Salen Iribar y Kortabarria en ‘Aralarko Dama’, con la ikurriña, como ya hicieron el 5 de diciembre de 1976 en Madrid, cuando la ikurriña seguía siendo ilegal. Valentía era eso. Y ahora es conseguir que la gente se rebele, que siga hablando un idioma que hace que una cultura, única en el mundo, no desaparezca. Que no sea una canción pop de amor que intenta gustarle a todo el mundo.
Ahora, después de este capítulo, Zetak empezó a hablarnos más. A hablarnos de su abuela, de los que ya no están y de los que tenemos al lado. De casa, del hogar y de reivindicar las cosas que se nos arrebatan a la fuerza. Como los árboles, como la imaginación, como el juego. Como, a algunos, la vida.
Porque los mitos de este calibre nunca mueren.













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