Crónica | Laurie Wright en Sala B (Madrid, 2026)

Por Ángel M.

El británico Laurie Wright aterrizó en Madrid dentro de su primera gira por salas españolas el 24 abril de 2026, un recorrido breve pero intenso donde venía a presentar su tercer disco, Power of 3, y a confirmar esa fama de directo eléctrico que le precede.

Una fama que, si bien no ha calado aún en el público español, le deseamos no haya hecho más que empezar a aflorar. Laurie, para quien no le conozca, ofrece un repertorio de canciones de rocanrol punki, de riffs y letras inconformistas que recuerda a los Clash pero sobre todo a los Libertines. El parecido de Laurie con Pete Doherty es, desde la voz a lo gestual, pasando por lo físico, un más que adecuado y difícilmente casual indicador de lo que propone la banda. El equipo se compone de guitarra y voz (Laurie), harmónica, bajo y batería.

Y sí, el concierto fue como se prometía: eléctrico. Impecable, de hecho. Energía desbordante, una banda engrasada como un motor británico de los 70 y canciones que entran como pintas en pub a las dos de la tarde. La banda tiene una química excelente, y se ganaron cada centavo. Todo lo uno pudiera esperar de ellos ocurrió en el escenario. Hasta aquí, todo bien. Demasiado bien, quizá.

Lo verdaderamente memorable de la noche no estaba encima del escenario, sino en el ecosistema hostil que lo rodeaba, y sobre lo que el bueno de Laurie poco podía hacer. El concierto tuvo lugar en Sala B, que en realidad no es tanto una sala de conciertos como una discoteca que, en un arrebato de confusión existencial, ha tenido a bien acoger música en directo. Las luces son un festival de epilepsia low-cost, diseñadas por alguien que quiere vender copas y no ofrecer espectáculos audiovisuales. El ambiente, lejos de invitar a la comunión rockera, recordaba más a un after.

La joya de la corona y verdadera protagonista de la noche fue la columna. Una columna cuadrada de 1x1m en el medio de la sala y a 3 metros del escenario. Media audiencia viendo el concierto en modo podcast, la otra media pidiendo cita en el fisio al día siguiente por tortícolis.

Y claro, llegas un poco tarde, error imperdonable aparentemente, y si no quieres quedarte detrás de la columna te toca el premio: zona de paso. Ese lugar mágico donde apenas ves el escenario pero sí experimentas algo mucho más intenso: el contacto humano constante. Codazos, empujones, balbuceos, roces… una experiencia inmersiva que no se anunciaba como parte del show.

La pregunta inevitable era: ¿por qué se movía tantísima gente? ¿Había una evacuación? ¿Un simulacro? ¿Un tesoro escondido en el baño? La sociología de barra de bar dictamina que los fans de Laurie, que, por decirlo elegantemente, son una generación que vivió el punk de los 80, parecían estar participando en una especie de triatlón recreativo compuesto por tres disciplinas: baño, barra y zona de fumadores. En bucle. Sin descanso. En ese baño había más ‘tráfico’ que en la M-30 los lunes a las 9.

Todo ello, por poner la guinda, envuelto en una nube aromática de algo muy parecido a Brummel. Una bocanada al entrar en la sala anunciaba una concentración de aficionados a la infame fragancia, algo que una vez vista la edad del público podría quedar inmediatamente explicado. Bodyshaming de señores mayores aparte, debido a la persistencia del olor, uno se plantea si el encargado de la sala usa esa fragancia como ambientador y es directamente un psicópata.

En resumen: Laurie Wright dio un concierto excelente. Pero dio igual. Somos muy fans. Y estamos deseando verle en una sala de conciertos a la altura. La reflexión sobre lo que pueda estar ocurriendo en Madrid con las salas de conciertos y todo lo que haya causado que hayamos llegado aquí, para otro momento.

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