La última película del sueco Roy Andersson, Sobre lo Infinito (2019), León de Plata al Mejor Director en el Festival de Venecia, rodada después de su Trilogía de la Vida, compuesta por Canciones del segundo piso (2000), Premio Especial del Jurado en Cannes, La Comedia de la Vida (2007) y Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014), Premio a la mejor película en el Festival de Venecia, podría afirmarse que es un epílogo de las anteriores sobre lo que envuelve la conducta humana en el hemisferio de los males del mundo moderno, en contraposición a la falsa alegría que transmiten las últimas comedias del cine social francés que llenan últimamente nuestras pantallas.

 

La película me ha recordado al mítico LP de Rod Stewart Every picture tells a story (el que incluye “Maggie May”), pues se compone, si no he contado mal, de 31 planos secuencia, cada uno con el mismo encuadre, con un mínimo movimiento -a veces ninguno-, de cámara, que se mantiene fija, sin un solo primer plano, con gran profundidad de campo y sin abusar del zoom, que componen una serie de cuadros en silencio, casi de cine mudo (de hecho sus personajes están maquillados con talco al estilo Lindsay Kemp), con una historia distinta cada uno de ellos, saltando de una escena a otra, sobre los sentimientos y conductas que los protagonistas van trasmitiendo de forma sucesiva, contadas de la mano de una narradora al modo de la Sherezade de Las 1001 noches.

Si la última película de Andersson, La Paloma se posó…, se configuraba como una continuación de viñetas surrealistas, rozando el absurdo y el sinsentido de la existencia de los distintos personajes, en Sobre lo infinito, el premiado director sueco compone un collage de cuadros existencialistas, sobre los miedos, anhelos, sufrimientos, a través de un humor contenido y una oculta misantropía, que desvelan la tristeza de los retratos que los componen dentro del desolador e inhóspito mundo al que pertenecen, de los que son un ejemplo las secuencias que inician y cierran la película. La primera, cuando una pareja sentada en un parque observa como otra pareja flota por encima de la ciudad de Colonia destruida por la guerra; la última compuesta por el ejército alemán derrotado que marcha hacia un campo de concentración. Entremedias, el cura que nos grita que ha perdido la fe, el dentista ebrio que deja de atender al paciente, un hombre que mata a su mujer, otro anuncia en un bar que la vida es fantástica cuando otros le observan incrédulos; pero también escenas de generosidad, como en la que el padre y la hija andan bajo una lluvia torrencial, camino de una fiesta y el padre deja el paraguas para atarle el cordón del zapato que no la permitía andar o la escena en que unas jóvenes bailan alegremente delante de un bar para animar la desolación del momento.

La película me ha recordado por momentos el real absurdo de El fantasma de la libertad de Buñuel y los silencios del maestro Antonioni (me gusta siempre recordar sus profundos y larguísimos planos secuencia con que cierra dos de sus obras, El reportero y la premiada en Cannes Blow Up). Para el director de Sobre lo infinito su película ha querido mostrar que la vida sigue adelante, que nadie es un ganador, que la verdad es divertida a menudo y que el amor, la ternura y la sensualidad no han desaparecido. Por eso explica en una entrevista: “me pareció importante mostrar estos aspectos de la vida encima de una ciudad arrasada”.

Crítica by EL INDIGENTE