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Tras tres días de intenso festival y un domingo de obligado descanso, aquí está la crónica de la segunda edición del VillaManuela, la historia de una de las muchísimas combinaciones posibles gracias a la amplitud de su propuesta, sumando al cartel gastronomía, comercio local, arte y conferencias.

Empezamos unas horas antes del comienzo de los conciertos, probando la ruta de caña+tapa que se nos escapo el año pasado. Nos dio tiempo suficiente para saltar por siete locales, cada uno de ellos capeaba el concepto con más o menos arte, pero el nivel general nos dejó buen sabor de boca, sobre todo teniendo en cuenta el precio, algunas tapas eran sublimes.

De ahí al antiguo Teatro Barceló, donde este año estarían situados los tres escenarios (Escenario Mahou , El Cielo del TClub y el Ochoymedio). Todo un puntazo que acabó dejando el feeling de estar en un centro comercial musical, con todo a distancia de escalera y sin tener porque pisar mucho la calle.

Abrían Cave y Girls Names con cinco minutos de diferencia, y a nosotros nos tiraba más la psicodelia estructurada de los segundos. Lo dicho, acabamos viviendo un concierto de pura abstracción bajo los halos maquinales con brotes repentinos de orgánica contundencia, que nos dejó literalmente sentados y muy a gusto en la sala El Cielo, desconocida para nosotros en esos términos pero que nos flipó desde el primer momento.

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De ahí bajamos a los sótanos del edificio para probar las mieles de bouquet sesentero de Elephant Stone. Nos recibieron con ecos de sitar , comienzo de un directo mucho menos popy de lo que imaginábamos por sus grabaciones, lo que nos encantó. Temas como “Heavy Moon” ganaron un tono mucho más épico sobre el escenario.

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Subimos rápidamente arriba. Habíamos estado muy pendientes de la hora para ver que podíamos salvar de Amen Dunes, que empezaban tras el primer cuarto de Elephant Stone. Al final dio tiempo suficiente para llevarnos una buena impronta de Dan MacMahon y su grupo, y aunque el folk se desperdigaba en la amplitud del TClub, encontramos una buena atmósfera, quizás mejor con una iluminación más tenue sobre las tablas.

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Descanso y vuelta para ver a Bombino en la misma sala, uno de los nombres grandes en el cartel del VillaMauela y el que muchos esperaban ver desde el comienzo del día. Aproximándonos desde el escepticismo, la decepción es una consecuencia fácil cuando hay mucho “hype”, empezaron con un despliegue acústico, más tradicional, que nos conquisto desde la curiosidad. Pero desde un principio nuestros ojos se desviaban a la guitarra eléctrica que reposaba detrás, y es que cuando Bombino tomó el instrumento las cosas cambiaron. El pulso se aceleró en un éxtasis que conectaba con los instintos más primigenios de la humanidad, y con espíritu tribal bailamos como hacía tiempo que no lo hacía en un concierto, y sin recurrir a pogos (no es una afirmación general, quizás lo “exteriorizamos” un poco más que la concurrencia).

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A partir de ese momento las cervezas tomaron más protagonismo que la música y nos teletransportamos al segundo día del festival.

Cargando las secuelas de la noche anterior, esta vez nos lo tomamos con más calma y vagueamos un poco más antes de entrar al primer concierto (por cuestiones de estricta necesidad). Pero tenemos buen saque, así que empezamos fuerte con YOB, Doom de calidad surgido como un leviatán de alguna masa oscura, una oleada de auténticos muros de guitarra cortados por una voz cavernosa. La combinación nos espabiló más que una yoya de Cthulhu.

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Saltamos las escaleras y nos plantamos en The Ex, que llevaban un rato y ya tenían al público encendido. Holandeses de sonido y espíritu inconfundiblemente británico, y un fuelle que ignora su veteranía, y que junto a sus entregados fieles mezclados aquí y allá produjo una de las primeras filas más animadas del festival.

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Nos permitimos un inciso para subir a El Cielo y probar a Territoire en directo. Su video “Blanc”, a parte de la fotografía increíble, nos encantó en su día a la vez que levantó bastante curiosidad por el proyecto. Fue un concierto entre la penumbra, lleno de texturas y emociones que tuvimos que abandonar antes de lo que nos hubiera gustado.

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Y es que pronto llegaba el turno de uno de los lives a los que más ganas le teníamos, el del francés College. No vimos cacharrería analógica junto a la mesa como esperábamos, solo un par de ordenadores, pero aún así fue una sesionaza. Los visuales daban vida a las portadas cojonudas y nostálgicas de Mitch Silver, mientras el bombo pegaba lo suficiente como para mantenerse bailando todo el set. Como mínimo nos quedo claro que College merecía más repercusión, sobre todo teniendo en cuenta la fama que han adquirido otros productores de estética retro como Tod Terje, bastante más pobre en recursos a nuestro parecer.

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Comenzaba la noche con los mejores nombres de la electrónica en el cartel, y Rebolledo tomaba al relevo. Somos fans declarados, y no sabemos si el mexicano estuvo o no cómodo sobre el escenario del Ocho y Medio, lo cierto es que nos pareció algo abstraído, y tiro mucho de su vertiente oscura, cuando esperábamos más guiños “tropicaleros” para el público español. Aún así cayeron bombazos representativos de su playlist como el “Guerrero”.

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El Cielo del TClub fue un escenario privilegiado para seguir la fiesta con Marc Piñol, el cual nos pareció que leyó muy bien el buen rollo y las ganas dentro de la pequeña sala con una sesión menos sofisticada pero con un pulso más cálido.

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La primera sorpresa del festival llego con Alvaro Cabana, al que conocíamos poco y que dio una continuidad perfecta al espíritu que parecía gobernar la noche. De hecho, se marcó unos temas cojonudos escalando un par de niveles de intensidad y manteniendo el ritmo hasta la despedida.

“Vaya nochecita”, en un tono diametralmente opuesto al que lo pronunciaría tu madre. Y otra tarde en la que tocaba reactivarse para el festival, esta vez arrastrando los dos días. Nos lo tomamos con muy buena filosofía y empezamos el sábado con Holy Wave, unos viejos conocidos que transmiten una felicidad incorrupta y superior, gracias a su imagen buen rollera irradiada en torno a un núcleo, su batería, un tío que ya estamos convencidos de que vive los conciertos en otro plano astral. Estuvieron incluso mejor que su última visita en Madrid. Más acertados, y más aplastantes. “Do you feel it” retumbaba en las paredes del cosmos.

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Sonaron los cuartos y cambiamos de estilo completamente, Holograms se subía al mismo escenario que había abandonado su colorismo por el binomio luz y oscuridad. Los suecos cumplieron con los clichés y estuvieron fríos y distantes, quizás demasiado. Parte del público se movió a Clinic pero nosotros nos quedamos esperando un crescendo que al final llegó, y se despidió con uno de los mejores temas que sonaron en los tres días, “Lay Us Down”.

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Nos pegamos una carrerita para intentar raspar lo que quedase de Clinic, y finalmente nos pudimos llevar una buena pieza. Todo el TClub estaba petado de nostálgicos y no tan nostálgicos y nos conformamos con un buen sitio en la distancia desde el cual disfrutar de su particular estilo, Britania en vena, sin duda su música tiene un halo que o te encanta o te deja indiferente. Lo que nos dio un poco de mal rollo fueron los trajes de enfermero y las mascaras.

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Aún más ingleses que el fish and chips, los bulldogs o la ginebra son Sleaford Mods, pero con una actitud cockney que deja como maricas a cualquier personaje de Guy Ritchie. De hecho, el chandalismo de Liam Gallager es una pose de nenazas a su lado. No teníamos ni idea de cómo sería un directo de esta gente ya que no habíamos visto videos antes, y cuando nos encontramos con un portátil y un micro, tampoco nos hizo esperar lo mejor. Pero todo lo contrario. Jason Williamson escupía letras como si fuese otro acto reflejo más (a partede repasarse la coronilla), y se gano al público con paseíllos mejores que los de Mick Jagger. Para cuando “tweet tweet tweet” llegó, el público coreaba la base y creo que hasta me eché un baile. Al final resulto de lo mejor del VillaManuela. Mientras, Andrew Fearn le dio al botón del play cuando tocaba sin fallar una vez, mató unas cuantas cerves, se hizo un par de selfies, tiro algunas fotos al público y a su colega….Incluso se atrevió a marcarse alguna coreografía.

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La despedida del festival quedo en manos de Red Axes en el Ocho y Medio y luego nos retiramos a El Cielo con Psychocandy y Diskoan, en una noche que recuerdo como una amalgama de escaleras, bailes, conversaciones, espíritu fraternal, y encuentros en la tercera fase con la concurrencia habitual del TClub.

Desde la perspectiva del lunes la conclusión general es que el VillaManuela se ha asentado, doblando la oferta y con una organización que teniendo en cuenta la amplitud de la misma nos pareció perfecta. Muchas gracias a todos los involucrados en haber hecho posible vivir una vez más este festival que reivindica la variedad y calidad propia de Malasaña. Ya pensamos en la próxima edición.

Crónica y fotos by Fernando de Torres Valentí.