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Todo el mundo sabe, sobre todo el que “tiene” uno, que como en los pueblos no se come en ningún sitio, ni tiran mejor los cubatas, ni te sirven más tapas. “Sí. No como en Madrid, que te ponen una cosa, y la otra, pero las pagas” te comenta un tío con los ojos vidriosos.

Conjugando todos estos factores, el Muñofest acerca la música a este entorno, en una idea excepcional que tenía que surgir, y con una oferta, que como diría don Vito, “no podrás rechazar”: Gratis.

En este tercer año, siguiendo un crescendo de medios, la propuesta venía conformada por tres grupos, Jack Knife, The Parrots y Biznaga. Se auguraba una buena noche que prometía de primeras algo distinto, como cada vez que se tiene la oportunidad de vivir la música en marcos diferentes a los mas manidos.

El “plató” estaba montado en la plaza del pueblo. Más bien plazuela, bien castiza, edificios ocres a los lados, y camión escenario al fondo, en el que por hoy no veríamos a ningún grupo de variedades repasar los éxitos de David Civera o Alejandro Sanz. Un escalofrío de gustico recorre mi columna.

Lo que no parecía traer ningún buen augurio era el nubarrón gris que copaba el fondo de escena. Pero ya sabíamos que se preveía lluvia.

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Era el momento de los ensayos previos, y para cuando nuestros queridos Parrots lo habían dejado todo listo y bien atado para su concierto, el primero de la noche, ya se habían montado frente al escenario unas mesas muy de paellada de anuncio de Fairy. Era otro de los ingredientes de la gran formula del Muñofest: la promesa de una caldereta de esas de acostarse después.

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El ambiente se animaba conforme la afluencia de público iba dándole vidilla a los soportales que albergaban las barras. Los primeros en llegar fueron las familias de la zona, creando una variedad generacional muy curiosa unida por la cerveza y los espiritosos.

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Con todo listo para el comienzo, tocaba retirarse temporalmente al bar del pueblo, de esos de azulejo y baldosa clásica, con un futbolín esquinao que albergó el encuentro Biznaga-The Parrots, que se acabaron llevando los primeros.

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Minutos después los Parrots se subían a las tablas a repartir su medicina, con su ya conocida prescripción: ritmos enrevesados de garaje filtrado de los orígenes mas primigenios, con arranques frenéticos de fanatismo.

El público despertó y empezó disfrutar como lo hace el grupo madrileño sobre el escenario, entre baile, punteo y riff, con la solemnidad de los discursos arastrados desde el edén etílico de Diego, su vocalista y guitarra.

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Sí señores, al final se pudo coger alguna ola por Segovia. Pero ya sabemos que la fórmula de los Parrots es de esas dichas breves en la vida, que sus temas son centellas de mecha rápida. Una deleitosa combustión que se nos hizo corta, pero es lo que suele ocurrir cuando te lo pasas bien.

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En un momento llego el cambio de tercio, Jack Knife repetían experiencia desde que en 2011 Muñoveros conociera su pop rock exaltado de vena inglesa, y ahora el pueblo segoviano iba a descubrir lo que habían dado de si esos años, tanto en experiencia como en grabaciones.

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Y es que son muchas las tablas que ha ido ganando el grupo a base de directos, y eso se noto a la hora de acelerar al público a base de arrojar energía desde la escena. Si hace falta picar un poco más a la concurrencia con homilías de concierto a través del micro, pues se hace.

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La eficacia se noto a los dos temas, y la verbena fue creciendo a medida que estos iban pasando con picos de épica intensidad. “The Sheperd´s Song” me sorprendió. Contiene un escalofrío que pase por alto en sus otras actuaciones, así como un carácter de himno de estado en su cumbre final, que la plaza celebró crecida. “Let me go” compartió el mismo destino, y hubo tiempo para descubrir de la mejor forma posible su primer EP “Listen to Jack Knife”, así como un tema inédito.

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La detonación final vino a cargo del tirazo “Revelation”, que despejo bastante el campo para entrar a matar con su habitual versión del “Fuck Forever” de los Babyshambles, en una enajenación descarrilada que le paso factura al escenario. Misión cumplida.

Llegaba el turno de Biznaga y su agresión a base de punk patrio sin atrezos. El derechazo perfecto para terminar de mandar a la lona a un público que heredaban ya calentito buscando jaleo.

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Siendo fan declarado de su video “Depredador”, y habiendo tenido una escueta oportunidad de catarles como teloneros de Mujeres en su día, yo también iba lanzao y con ganas.

Sin mucho preámbulo se arrojaron sobre sus ritmos hipertensos taladrados por letras con la misma ausencia de adorno, una tangente directa atravesando cualquier rodeo para pegarte con fuerza y ausencia de tacto alguno. Rollo violación.

El tema ya iba un poco desbocado en la arena, por fin rompía algún tímido pogo de los que ya esperábamos con los Parrots y que nos quedamos con las ganas de vivir. Quizás faltaban paredes para enfrentar un poco más al público. O la culpa la tuviese el frío estepario que nos pillo con nuestro carácter de Mayo, y al que yo le hago responsable de las múltiples roturas de cuerda que vimos, y que obligaron a Biznaga a salir al paso con un poco de ayuda.

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Pero el tema no decayó, y la descarga continuó hasta consumirse en un chispazo. Visto y no visto. Si los Parrots son rápidos, Biznaga les saca unas cuantas zancadas de velocista. Cumplieron dejando una inercia en los asistentes, capaz de alimentar la noche hasta el amanecer, y cuya continuidad se garantizo a base de technazo en cuanto el grupo dejo el escenario.

A los balconcillos de la plaza todavía les quedaba mucho verbeneo por presenciar, y nosotros estábamos decididos a protagonizar un remake de “Amanece que no es poco”. En las últimas todo el festival que quedaba se traslado a otro bar, algo mas grande, y con una playlist mejor que la del Ocho y Medio o el triple R, con algunas notas de color intercaladas a lo Rafaella Carrá, de esas que enaltecen a la peña para entregarse al baile. A ese baile de dudosa ejecución que nuestra mente tiene a bien de no recordar, a ese baile de boda. Además entre la humareda se perfilaba otro futbolín, que con la barra sentaba todas las bases para continuar la fiesta mucho más. Un trance que me voy a ahorrar en describir, salvo por el par de fotos que me apeteció tirar y se pueden ver.

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Al día siguiente nos despertamos solos en el hostal, la habitación campamento compartida por Parrots y Biznagas solo contenía pequeñas huellas de su paso, y en un rincón una lata de cerveza sin abrir y un mechero era la única belleza bajo una sombra dibujada por un sol vespertino de los no que perdonan las resacas. Pero Jack Knife conducía.

Crónica y fotos by Fernando de Torres Valentí