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Hace unas semanas, caminando por Londres, me topé con una manifestación de gente con tambores y trompetas, que protestaba contra el cierre de locales míticos. Bonita señal del destino.

El día en que la Cocina dejó de ser la Cocina para ser un sitio más, perecedero, artificial, y carente de personalidad en la noche madrileña. Un minuto de silencio por favor.


¿Ya? Ok, pues os contaré cómo era antes de que se fuera todo al garete.

Érase una vez un garito en Alberto Alcocer (Madrid) donde podías huir del reggaeton, de Enrique Iglesias y disfrutar de algo con sensación de pureza y peculiaridad. Menos chicas guapas, pero auténtico. Rodeado por paredes de ladrillo y con un suelo al más puro estilo Twin Peaks desgastabas las suelas de tus zapatos bailando “Twist and Shout” de los Beatles, perdías la voz chillado”Wonderwall”de Oasis y David Bowie o Bob Dylan te miraban con complicidad desde sus paredes.

No había colas, los puertas eran amables… era un sitio con el que podías contar, como un buen amigo, sabías que si algún día lo necesitabas allí estaría y te recibiría con los brazos abiertos y una palmadita en la espalda.

Acudías a conciertos, dabas “conciertos” los jueves y siempre te ponían “A-Punk” de Vampire Weekend en el momento exacto de la noche. Salías a fumar un piti y escuchabas los primeros acordes de la canción que le habías pedido hace media hora al Dj y bajabas las escaleras a la velocidad del rayo aún a riesgo de partirte la crisma sólo para ser tú, el que la había pedido, quien iba hacer de esa, SU canción.

Era ese sitio en el que realmente desconectabas, era ese sitio del todo da igual, donde podías encontrarte a unos oficinistas, unos chavales recién salidos del colegio y una despedida de soltera bailando unidos al son de Loquillo y Trogloditas.

Por otro lado estaban las, por así llamarlas, “discotecas de moda”. Las discotecas de moda no están mal, al fin y al cabo gran parte de tus amigos van allí, están llenos de gente y hormonas y puedes divertirte al día siguiente tratando de recordar cual era el nombre pretencioso y muy “Premium” del sitio del momento. Tienen ese componente de masoquismo de ver cómo un par gorilas te mangonean la noche y hacen y deshacen a su antojo y el de tres rrpp´s. En fin, no entraré a juzgarlo, para gustos, colores. Lo que está claro es que estas sesiones se proliferan sin parar y es difícil encontrar en determinadas zonas de la capital, un ambiente que no sea el ya narrado.

Pues bien, ese sitio, en la zona de cuzco y alrededores, para mí y muchos otros era La Cocina.

Hasta que se fue a la mierda.

¿Cómo se fue a la mierda? En el momento en el que un lugar llamado “La Cocina del Rock” optó por olvidar años de buena música, años de buenos recuerdos, para convertirse en “La discoteca de moda”.


Uno entiende que todo dueño de local sueñe con tener un lleno hasta la bandera, que la gente al aproximarse a su puerta vea un tumulto a su alrededor. ¿Pero a costa de qué? De ser exactamente lo mismo que cualquier sesión coolpremiumvip de Madrid, con los mismos puertas idiotas con malas formas y lenguas sueltas en lugar de cerebros, con la misma música impersonal y totalmente olvidable, con gente que dos meses después se pasará al sitio que la corriente dicte y difícilmente recordará esas paredes de ladrillo. Ayer volví a mirar a los ojos a Bowie y a Bob colgados en las paredes, y no fue complicidad lo que vi en su mirada, era tristeza, profunda tristeza.

By Juan Girón